Stradivarius o de la larga noche blanca al relámpago azul

10.06.2017

Por: Isabel Agatón Santander


Después de casi medio siglo el silente y taciturno Stradivarius salió del estuche. La verdad es que hacía mucho tiempo venía mordiendo las piezas que lo sujetaban al terciopelo rojo que se fundió con su silencio. Se resistía a la penumbra que caía lenta y misteriosa sobre sus cuerdas y sentía eterna la distancia que lo separaba del arco que, en realidad, era como de tres centímetros. El estuche era digno de un instrumento hecho con una madera propia de la Edad del Hielo por ese ciclo solar que, en algún lugar del planeta, alargó los inviernos y atemperó los veranos.

Desde el encierro, en que se convirtió el solemne estuche negro, no comprendía eso que llaman civilización. Llegaban a sus oídos ecos de figuras fantasmales y el ruido estrepitoso de castillos rotos en el aire hacía fila sin dejar de aullar, con diminutos intervalos que, en cambio de suponer el final del aterrador concierto, anunciaban el aumento de su intensidad. El elegante violín se acomodaba en el intento de abrir una diminuta rendija entre las tapas del estuche para ver la causa del bullicio. Intentó ese movimiento por décadas de tal suerte que, de vez en cuando, lograba entreabrir el sereno estuche y divisaba muchas sombras y algunos destellos enceguecedores de luz.

Una tibia mañana, a fuerza de desplazarse, sintió que había llegado el momento y que ya no podría detenerse. Por entre la rendija inhaló, de una sola bocanada, todo el aire fresco y cálido que le diera la fuerza necesaria para abrir de una vez y para siempre la armadura. Lo hizo y, como si se tratara de una imagen que trascurre en cámara lenta, se le veía estirando las partes de su cuerpo de manera que las cuerdas, mágica y alegremente, se acomodaban presurosas para el tan esperado concierto. Tal era la fuerza con la que se incorporaba y tan luminosos los destellos de las cuatro doradas cuerdas que la caja de resonancia empezó a toser en el esfuerzo de acomodarse y renovar el aire que le faltó como a la cigarra después tanto tiempo bajo la tierra. El alegre brinco de Stradivarius espantó lo que antes fueran sombras y los enceguecedores destellos se convirtieron en multicolores flores de la sonata primaveral que en adelante interpretó.

Esta es la historia del famoso Stradivarius que, de la larga nube blanca, se convirtió en relámpago azul y cuya madera vibró como el río. 

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