Cuando Isabel, hace menos de una semana,
me regaló su libro "Justicia
de Género: un asunto necesario" y me pidió
decir algo an este lanzamiento, acepté por el inmenso cariño y admiración que
le tengo a esta mujer, abogada feminista, y poeta. No, lo dije mal, lo vuelvo a
decir: en primer lugar poeta y además, abogada feminista. Sin embargo le previne
que, no siendo yo abogada, no haría un análisis de los contenidos de su libro.
Solo diré entonces dos o tres cosas que me
atravesaron la mente a propósito de esta mujer y su trabajo.
Lo primero que mencionaré entonces es que
Isabel podría ser mi hija. Isabel pertenece a la generación de Violeta, esta hija que tuve que inventar para
hablar con ella del feminismo. Estas hijas quienes, de alguna manera, permiten
a la generación mía seguir soñando al saber que están ahí, profundizando lo que
iniciamos cuando empezamos a abrir un camino a los derechos de las mujeres y a
sus palabras en medio de un panorama obstruido por el ensordecedor ruido de las
voces masculinas. Pues sabíamos que estas primeras fisuras que logramos
imprimir en la cultura patriarcal y a sus discursos cerrados y hegemónicos, tendrían que ser ahondadas
por estas hijas nuestras que se habían vuelto receptoras de la frágil pero
contundente herencia que dejamos.
Isabel, en este sentido es sin duda una
de las figuras emblemáticas de esa generación de feministas colombianas, hijas nuestras. Y
como abogada, ella se dedicó sin cansancio a cuestionar el derecho como un
asunto necesario, como una obligación ética ineludible que acompaña una
determinación y seriedad incuestionable.
Y lo vuelvo a decir: no soy abogada pero
he tenido la suerte de compartir la palabra con Isabel en varios encuentros,
seminarios o congresos desde hace años. Es con ella que he logrado entender que
una disciplina como el Derecho, -una disciplina que siempre he considerado tan
rígida, fría e impersonal-, podría volverse una aliada posible de las mujeres.
Isabel, acompañada de algunas otras mujeres juristas feministas, supo recoger los
aportes de dos o tres precursoras como Ximena Castilla, y con los aportes de una práctica
feminista a toda prueba, logra hoy
convencernos que es posible cuestionar el Derecho, pedirle cuentas a nombre de
las mujeres y remover algunos de sus fundamentos tradicionales sin engañarnos
porque Isabel es prudente y, más que prudente, realista cuando nos previene que
esto no se hará en una generación. Sin embargo sabemos con ella, que tampoco
habrá retrocesos posibles.
Definitivamente existen derechos humanos,
que prefiero llamar derechos de LOS HUMANOS porque estamos aprendiendo a
nombrar ahora también los derechos de LAS HUMANAS. Sí, el mundo está felizmente
hecho de hombres y mujeres y ya estamos empezando a reconocer, gracias a
mujeres como Isabel, que el gran sujeto universal, ese sujeto del Derecho, ha
sido durante siglos y sigue siendo demasiado a menudo, un varón blanco,
heterosexual, profundamente judeocristiano, letrado y propietario. Estamos aprendiendo
a reconocer entonces que no es lo mismo habitar este mundo desde una práctica
de mujer, pero sobre todo desde un cuerpo sexuado de mujer.
Y varios capítulos de este libro están
ahí para ilustrar lo que significa cuestionar el derecho y la famosa neutralidad de las decisiones
jurídicas. Uno de ellos se dedica al feminicidio y su reciente historia aún en
construcción brillantemente contada y desarrollada por Isabel con el proyecto de ley Rosa Elvira Cely. Un proyecto que, como lo reconoce la misma
autora y Mercedes Hernández, nombrándose así, hace las veces de homenaje y asume la función de memoria histórica que
ocurrió hace más de un año en el Parque Nacional en Bogotá. Una historia
que no se debería repetir nunca más, aun cuando sabemos todas y todos que
mientras estoy hablando esta noche con ustedes, tal vez solo a dos cuadras de aquí,
una mujer es violada, torturada y finalmente asesinada. Son más de mil mujeres
al año, víctimas de feminicidio en Colombia, ubicando nuestro país como el
tercero de América Latina en número de feminicidio. Un atroz legado de la
cultura patriarcal.
Cuestionar el derecho en un país
feminicida en el cual reina la impunidad desde hace décadas era definitivamente
un asunto necesario e ineludible.
Afortunadamente hoy, y además de este
proyecto presentado por Isabel al Congreso de la República, vieron luz en un lapso de
menos de 10 años, varios ejemplos esperanzadores de esta nueva mirada sobre el
derecho; citaré por memoria el fallo de la Corte Constitucional C-355 de 2006
que despenalizó tres excepciones del aborto y, que me hace recordar siempre un grafiti anónimo, muy
seguramente de mujeres feministas, que decía: "Patriarca, tus pesadillas son nuestros
sueños". Sí, señor Procurador General de la Nación, prepárese a dormir
cada vez más mal porque nuestros sueños se están volviendo realidades y le van
a generar más de una pesadilla. Las mujeres colombianas ya han cambiado y ya se
están convenciendo de que tienen derecho al derecho. Hoy nada es igual a hace un siglo, nada es igual a hace 50
años.
La misma carátula del libro de Isabel nos
confirma lo que acabo de decir: La carátula me recuerda un cuadro de La María
de Jorge Isaccs. La María, final del siglo XIX. Imaginemos que la María tuviera
35 años hace exactamente un siglo, es decir en 1913... Pobre María. Y ustedes se
imaginan porque digo pobre María. Pues en 1913, o sea para muchas de las
bisabuelas o incluso abuelas de ustedes, María a los 35 años no era ciudadana.
A los 35 años, María jurídicamente no existía. María no podía administrar sus
bienes, no era sujeta de derechos, tenía muy poca posibilidad de acceso a la
educación formal y mucho menos a una educación superior o universitaria, no
tenía voz ni representación legal ni igualdad jurídica con los hombres y debía
quedarse bajo el yugo de la potestad paterna o marital. En otras palabras, hace
apenas un siglo, María no se pertenecía a ella-misma, no era protagonista de su
vida, su cuerpo, su sexualidad y su subjetividad eran colonizados por una
cultura patriarcal, judeocristiana, maternalista y familista que la controlaba
con el fin de que no se desordene esa formidable mecánica que casi consigue
aniquilarnos.
Claro, sabemos también que en todos los
siglos de los siglos existieron mujeres quienes lograron transgredir y
quebrantar todas las normas y estereotipos culturales de género. Muchas de ellas fueron asesinadas,
guillotinadas, torturadas, quemadas, encerradas, vilipendiadas, insultadas,
humilladas por sus luchas por la libertad de pensar, de existir y de crear, es
decir por meterse donde no las esperaban y no las podían tolerar. Pero sabemos
también que debajo de sus heridas imborrables moraba una formidable risa interior
y goce sin límite generado por la libertad que sentían frente a sus verdugos. Y
es lo que deben estar sintiendo hoy día mujeres
como Isabel con esta tenacidad inquebrantable para cambiar el mundo.
Ahora y para terminar quisiera también
referirme a la Isabel poeta. Porque estoy segura también que Isabel ha tenido
que compartir muchas tristezas para lograr escribir este libro. Y es entonces la poeta que habla:
Paseando mi tristeza
No sé qué será de mi tristeza
la saco a pasear de vez en cuando
la entretengo,
la conmino,
la inadvierto, a veces la presiento
Pero también sabe Isabel y nos recuerda
que existen Mujeres de madera
Mujeres de Madera
Mujeres de madera