Ser mujer y no temer por ello, Columna Florence Thomas EL TIEMPO, Diciembre 13/16
Ser mujer y no temer por ello
¿Qué les pasa a estos hombres, algunos, que no pueden desear sin matar?
Muchas mujeres me pidieron escribir sobre el atroz caso de Yuliana, la niña indígena y desplazada del Cauca, y del violador y torturador, el arquitecto Rafael Uribe Noguera... Y no quería escribir sobre esto porque creo que ya todo ha sido dicho; mal o bien, pero dicho. Lo único que tal vez vale la pena resaltar una vez más, porque también ha sido contado en varios medios que sacaron las cifras de Medicina Legal y de varios observatorios de violencias contra las mujeres, es que unas veinte niñas (de cuatro años o menos, hasta siete años como Yuliana), son violadas y a menudo torturadas cada día en Colombia. Y no hablo de mujeres, no hablo de adolescentes, hablo de niñas.Y entonces, ¿qué podemos hacer? ¿Salir a la calle todos los días, bloquear vías y vociferar frente a la Fiscalía o los juzgados para que la gente entienda lo que significa la justicia de género, una justicia con enfoque de género? ¿Desnudarnos en plena calle para que nos escuchen y tomen medidas, como lo hacen las mujeres de Femen en otros países? ¿Dejar de amar a los hombres y de hacer el amor con el ejemplo de la valiente Lisístrata? Y a propósito, quizás nos deberíamos preguntar por qué seguimos amando a los hombres -no todas, es cierto, pero muchas todavía-, una pregunta interesante no obstante que, por supuesto, sabemos que todos los hombres no son violadores, torturadores e irremediables machos patriarcales, pero que sean los hombres los que violan, no me lo pueden negar. Un diagnostico nefasto para la paz.
Y creo que tenemos que preguntarnos también: ¿qué tiene ese cuerpo sexuado,
femenino, bello y tan dulce a la caricia? ¿Qué es lo que genera en la mirada de
algunos hombres? Un deseo que se vuelve asesino y en pocos minutos niega
millones de años de civilización y de humanidad cuando los encuentros amorosos
entre hombres y mujeres deberían solo buscar contar historias que nos hacen más
felices, aun cuando sepamos lo difícil que es.
¿Qué les pasa a estos hombres, algunos, que no pueden desear sin matar, que no
pueden aceptar nuestra humanidad sexuada, que no logran asimilar que hoy
existan mujeres autónomas, libres, sabias, heterosexuales, lesbianas o trans?
Explíquenos, porque a veces estamos perdidas y nos entra miedo de habernos
construido como mujer en una cultura que nunca previó un lugar seguro para ese
sexo-género que es el nuestro. Y de madres, nos entra pánico de tener hijas y
sentir que tenemos la obligación de explicarles que ese mundo no fue pensado
para ellas y entonces tienen un inmenso riesgo de haber nacido niñas, obligándolas
a construir una armadura capaz de protegerlas de las miradas de los hombres en
una cultura depredadora de sueños y de proyectos de vida.Nos entra pánico de haber dado a luz varones y saber que tenemos la obligación
de advertirles que ante un cuerpo de mujer, lo único que deberían sentir es un
mar inagotable de ternura, de respeto y algo de miedo. Tal vez sea hora de
volver a la poesía y buscar una explicación a ese misterio del encuentro, del
deseo, de la carencia, de la palabra compartida y de los sueños que siguen
habitando las mujeres a pesar de todo; y quizás entonces, gracias a mujeres
como Isabel Agatón, esta gran jurista, poeta y escritora feminista, y hoy
defensora de la familia de Yuliana, nos será posible seguir soñando con un
lugar en el que todas, como ella lo escribió un día, podremos ser mujer y no
temer por ello.
Florence Thomas, Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad